La última guardia

Una historia de los perros guardianes de Karachái — baskhan pariy
En noviembre de 1943, una tragedia se abate sobre el pueblo karachái.
Por decisión de las autoridades soviéticas, los karacháis son deportados por la fuerza de su tierra natal en el Cáucaso Norte.
Las acusaciones oficiales se refieren a la colaboración de parte de la población con las autoridades alemanas de ocupación, la resistencia al restablecimiento del poder soviético y el «bandolerismo».
Pero el castigo no recae únicamente sobre personas concretas acusadas.
Abarca a todo un pueblo.
Hombres.
Mujeres.
Niños.
Ancianos.
Según el Museo Estatal de Karacháyevo-Cherkesia, son deportadas 68.614 personas, principalmente a Kazajistán y Kirguistán. Los karacháis se encuentran entre los pueblos del Cáucaso Norte sometidos a desplazamientos forzosos masivos durante el gobierno de Iósif Stalin.
Estas personas no abandonan sus hogares por voluntad propia.
No eligen dejar su tierra.
Y no abandonan voluntariamente a sus animales.
Se las llevan por la fuerza.
Detrás de ellas quedan las casas.
Los rebaños.
Y los perros.
En las montañas de Karachái, desde hacía siglos la vida del pastor era inconcebible sin los poderosos perros guardianes locales.
Estos perros protegían los rebaños de lobos, osos y chacales. Según el cinólogo Kazbek Maguláyev, antes de la deportación había alrededor de 1,5 millones de ovejas en el óblast autónomo de Karachái, y un redil con aproximadamente mil animales solía estar vigilado por al menos tres de estos perros.
Cuando los habitantes fueron deportados, los perros se quedaron sin dueños.
Algunos se refugiaron en los bosques y se volvieron asilvestrados.
Otros fueron acogidos junto con el ganado que había quedado.
Pero entre los recuerdos conservados de aquellos años hay una historia que Kazbek Maguláyev contaría décadas después.
Comienza diciendo que sobre la devoción de los perros de Karachái se cuentan leyendas.
Y una de ellas habla de perros que permanecieron en su puesto.
Algún tiempo después de la deportación, un cazador encontró una cueva.
En su interior había numerosos esqueletos de ovejas.
En la entrada yacían los restos de grandes perros.
Según el relato, poco a poco se comprendió lo que había sucedido.
El pastor al que pertenecía el rebaño había sido deportado.
Pero sus perros se habían quedado.
No había nadie que los guiara.
Nadie que les diera órdenes.
Nadie que les dijera qué debían hacer.
Pero ellos lo sabían.
Había que proteger al rebaño.
Los perros condujeron a las ovejas, ya sin pastor, a un lugar seguro y continuaron vigilándolas.
Incluso cuando empezaron a pasar hambre.
Según la leyenda, no tocaron ni una sola oveja.
No convirtieron a los animales que protegían en su propio alimento.
Permanecieron con ellos hasta el final.
No sabemos sus nombres.
No sabemos el nombre de su pastor.
La fuente no precisa dónde estaba exactamente la cueva.
Tampoco sabemos cuándo la descubrió el cazador.
Solo ha quedado la historia.
Los restos de las ovejas en el interior.
Y los grandes perros en la entrada.
Allí donde debería estar un guardián.
Quizás esta sea la parte más difícil de comprender de la historia.
La gente ya no estaba.
El pastor no regresaría al caer la tarde.
No había una mano que acariciara al perro.
No había una voz que lo elogiara.
No había recompensa.
Y, sin embargo, el trabajo continuaba.
No porque alguien los observara.
Sino porque, para aquellos perros, el rebaño seguía siendo su responsabilidad.
La persona que se lo había confiado había sido arrancada por la fuerza de sus vidas.
Pero la tarea permanecía.
Y ellos permanecieron fieles a ella.
Hasta el final.
El regreso
Pasaron los años.
Tras la muerte de Stalin en 1953 comienza el periodo de desestalinización.
En febrero de 1956, Nikita Jrushchov condena las deportaciones masivas en el llamado «informe secreto» ante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Poco a poco comienzan a levantarse las restricciones impuestas a algunos de los pueblos deportados.
El 9 de enero de 1957, el Presídium del Sóviet Supremo de la URSS adopta un decreto que restablece la autonomía nacional del pueblo karachái. También se levanta la prohibición de que los karacháis regresen a sus anteriores lugares de residencia.
La gente comenzó a volver.
A las montañas.
A los pueblos.
A la tierra de la que había sido arrancada.
Y aquí, en el relato de Kazbek Maguláyev, aparece otro pequeño detalle.
Según sus palabras, entre los primeros en regresar en 1957 había karacháis que reconocieron, en perros guardianes ya ancianos, a los cachorros que se habían visto obligados a dejar trece años antes.
Algunos perros habían sobrevivido.
Algunas familias volvieron a ver a los animales que un día habían sido suyos.
Pero los perros de la cueva no vivieron para ver aquel regreso.
Según la leyenda, permanecieron donde por última vez se les había confiado una tarea.
Guardar el rebaño.
Y cuando, años después, la gente volvió a emprender el camino a casa, aquellos perros ya no estaban.
Solo había quedado la historia.
De unos perros de nombres desconocidos.
De un pastor de nombre desconocido.
Y de una última guardia que nadie había dado por terminada.
Los guardianes permanecieron en su puesto.
Hasta el último instante.
Nota sobre el contexto histórico
La historia de los perros de la cueva fue contada por Kazbek Maguláyev al periodista Islam Tekéyev y publicada en «AiF-Stavropol» el 11 de septiembre de 2020.
El propio Maguláyev la presenta como una de las leyendas sobre la devoción de los perros guardianes de Karachái. Al no conocerse un documento de archivo sobre este caso concreto, debe entenderse como una memoria histórica y una tradición oral conservada en el contexto de los acontecimientos documentados de la deportación de 1943.
La deportación masiva de los karacháis en 1943, el posterior levantamiento de las restricciones en 1956–1957 y el restablecimiento de su derecho a regresar son acontecimientos históricos documentados.
La plena rehabilitación jurídica de los pueblos represaliados en la República Socialista Federativa Soviética de Rusia se estableció mediante la ley del 26 de abril de 1991.




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